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Editoriales

“El derecho a la información” X Julio Blanck

Notable noticia la que va a consignarse. Fue publicada el sábado 9 de julio en la página 6 del diario La Nación, y recogió información originada en La Habana por las agencias noticiosas EFE, ANSA y AFP. Se tituló así: Granma se queja del difícil acceso a la información. Y agregaba enseguida después del título: “El diario oficial del Partido Comunista culpó a los funcionarios estatales de obstruir su trabajo”.
El texto mencionaba el inédito cuestionamiento al cerrojo informativo que es propio de todo sistema autoritario. Y destacaba el reclamo de libertad de prensa hecho a un régimen que siempre negó esa libertad y la persiguió como se persigue a un enemigo.
Las agencias noticiosas basaron sus despachos en la nota “El derecho a la información”, que se había publicado en Granma. Se decía allí que “hay temas de secreto estatal que obviamente precisan de un tratamiento diferenciado”, pero lamentaba los obstáculos para obtener información sobre cuestiones de “comprensible interés público” como la economía.
El diario castrista, apenas medio siglo después de la Revolución, señaló que “da la impresión de que los funcionarios están allí para entorpecer el flujo de la información y hasta de la comunicación”. Recordó que el presidente Raúl Castro llamó a “suprimir el exceso de secretismo”. Y agregó que “tristemente, muchos militantes son los primeros en incumplir la esencia” de una resolución del Partido Comunista Cubano, que hace cuatro años llamó a brindar información a la prensa “de manera responsable”. Debían hacerlo, se explicó, para “incrementar la eficacia informativa de los medios”. Se entiende fácil: después de tanto ocultamiento y silencio forzado, la gente está entrenada para no creerle, o creerle poco, a la prensa del régimen. Y esto no significa en absoluto que le crean a tanta propaganda canalla y maliciosa, mal disfrazada de periodismo y emitida copiosamente desde el exilio en Miami.
El reclamo de libertad informativa quedó impreso en las páginas del Granma más allá del contrasentido entre un sistema de férreo control noticioso y el órgano oficial que expresó históricamente ese cerrojo. El episodio habla de cómo más tarde o más temprano, en tanto sientan respeto por su profesión y por sí mismos, los periodistas del régimen terminan entrando en colisión con el régimen mismo, o con sus personeros más obtusos.
Viene a cuento este cuento porque en estos días se ha visto cómo, ante el primer susto de la derrota en la Capital, personajes y voceros del más acendrado kirchnerismo, figuras dilectas del elenco cultural oficial, comenzaron a azotar a los emprendimientos mediáticos propios, acusándolos de buena parte de los males electorales que, oh sorpresa, los aquejan cuando habían creído a pies juntillas en la sanata de las encuestas propias y se habían cebado en el triunfalismo bien financiado por el Estado.
Como no conviene menear demasiado si las formas y los contenidos fueron adecuados, porque eso obligaría a cuestionar tótems intocables, parece que el problema es que “no comunicamos bien”. Entonces los ciclos de (mal) humor televisivo, medios de comunicación escritos o hablados, periodistas que vienen haciendo de claque puntual de cuanto funcionario tenga algo que autoelogiar; en suma la abigarrada y muy extendida red mediática del oficialismo, y sus editores, relatores y militantes, están también en el ojo de la tormenta porque hay que encontrarle enseguida un culpable a tamaño sopapo recibido en la Capital, y el que todavía falta, y ni te cuento los que pueden venir en Santa Fe y Córdoba.
En la muy democrática reunión de Carta Abierta, que tanto jaleo levantó en las buenas almas no por lo que se dijo sino porque se difundió lo que se dijo, entre otras cosas se habló de esos medios, de esos ciclos y de sus integrantes con términos como “imbecilidad estructural”, se les reprochó tratar “solamente de convencer a los nuestros”, de promover “la ceguera nacional y popular” y lindezas por el estilo.
Se sabe que el hilo se corta siempre por lo más delgado. Y lo más delgado en el relato dominante son sus difusores, ya sea que estén honestamente convencidos o simplemente los enamore el sueldo. Llegado el momento, inexorable, muchos lo tendrán muy bien merecido. Los otros quizás se den cuenta, tarde, como los periodistas del Granma.

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