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Editoriales

El kirchnerismo acentúa su mala hora, ¿Confusión o falsificación del pasado?

31/07/11 Por Eduardo Van Der Kooy

La confianza electoral del kirchnerismo dejó de estar blindada.

Capital y Santa Fe nunca tuvieron buen pronóstico para el Gobierno, pero sus resultados trasuntaron ciertos síntomas que permiten adjudicarles algún sentido nacional.

La voz más agorera fue de alguien que habla muy poco, pero cuando lo hace causa estruendo: “El Gobierno está perdiendo apoyo”, describió Carlos Reutemann.

¿Podría circunscribirse el voto masivo del campo en contra del kirchnerismo en Santa Fe a un fenómeno local? ¿O tal vez extendible a otros importantes rincones del país? ¿Podría limitarse el malhumor urbano sólo a aquel par de distritos, o pertenecer también a la mayoría de las grandes ciudades? Ese angioma marca al kirchnerismo desde su nacimiento. ¿Podría analizarse la dispersión del voto peronista en Santa Fe como producto de un malestar doméstico o, tal vez, como expresión ampliada del traumático vínculo con los K? ¿Podría retacearse tanto el apoyo a los candidatos kirchneristas y suponer que Cristina Fernández saldría indemne en los desafíos de agosto y de octubre? Muchos de estos interrogantes han mutado la seguridad kirchnerista en vacilaciones y chapucerías.

Nada indica por el momento que Cristina pueda perder el poder en las presidenciales pero el clima político, de modo innegable, no es el mismo que hace sesenta días. Los últimos resultados electorales han favorecido a la oposición, aunque de manera parcial. Tan parcial, que el mayor beneficiado es Mauricio Macri. Y el jefe porteño no competirá en agosto ni en octubre. Pero aquellos mismos resultados han puesto al descubierto precariedades y errores del Gobierno. Quizá se esté quedando con menos margen para reiterar esos errores.

El mayor problema parece estar dentro de un Gobierno que piensa y toma decisiones con lógica insular , apartado del continente de la política, las instituciones y los padeceres e impaciencias colectivas. Un problema similar radicaría en la forma en que Cristina va construyendo su propia realidad, su relato, respecto del pasado y del presente.

El kirchnerismo, en las vísperas electorales, pareciera ir implosionando de a poco. Una de esas implosiones involucró a la Presidenta, a su ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y al actual, Aníbal Fernández. Cristina narró cuestiones de gravedad en el libro autobiográfico que lanzó la periodista K, Sandra Russo.

¿No es grave, acaso, afirmar que en el 2008 intentó ser destituida? ¿No es grave afirmar que Clarín había intentado un supuesto veto a su candidatura presidencial? ¿No lo es, además, asegurar que su entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, era el vocero dentro de su propio Gobierno de aquel intento de veto y del Grupo Clarín? No existe un solo elemento político objetivo, más allá del imaginario presidencial, sobre aquella supuesta jugada destituyente. Es una falta a la verdad histórica el veto a su candidatura y la complacencia con ese veto del ex jefe de Gabinete. Alberto Fernández fue un fogonero tenaz de la candidatura de Cristina, incluso más que el propio Néstor Kirchner. El juicio no se basa en ninguna investigación: este periodista, por su condición de tal y sin exclusividad, fue testigo en numerosas ocasiones de cómo el ex jefe de gabinete se ocupó de labrar y difundir, con peroratas cansadoras, la postulación de Cristina.

También sorprende, por su inverosimilitud, la visión que Cristina posee sobre el conflicto del campo y su desenlace. “No pensamos nunca en retroceder, ni en negociar ni en hacer un gobierno débil”, asegura en el libro. El 17 de julio del 2008 a la mañana, después del voto no positivo de Julio Cobos sobre la resolución 125 que cayó en el Senado, la Presidenta habló con Alberto Fernández para decirle que Kirchner la instaba a renunciar .

El jefe de Gabinete estaba en su domicilio con el asesor presidencial Juan Carlos Mazzón, con Florencio Randazzo, ahora ministro del Interior, y con Aníbal Fernández, ahora jefe de Gabinete. Los tres quedaron allí y Alberto Fernández corrió hasta la residencia de Olivos.

Cuando llegó encontró al matrimonio sollozando . Había muerto esa misma mañana Oscar Vasquez, un diputado santacruceño, amigo de ambos. El ex presidente rompía papeles en una máquina trituradora.

Cristina estaba convencida también, como su marido, que debía alejarse del Gobierno . Kirchner le había adelantado la novedad, incluso, al dirigente piquetero Emilio Pérsico. Como un rumor, la información había llegado a oídos de Felipe Solá. Nunca se supo en qué términos hablaron los Kirchner con Alberto Fernández, pero la idea de la renuncia se evaporó . Sólo se constataron tres llamadas del entonces presidente brasileño Lula Da Silva, que la Presidenta atendió un día después. Mazzón, Randazzo y Aníbal Fernández aguardaron el regreso del jefe de Gabinete y respiraron aliviados con la novedad. Este periodista no fue testigo de ese episodio: lo reconstruyó con los años, en diálogos habituales con algunos de los protagonistas citados.

Hay otros aspectos, quizá más anecdóticos, también reinterpretados por Cristina en su relato autobiográfico. La Presidenta cuenta en detalle la noche previa a la súbita muerte de Kirchner y asegura que nunca en su vida cenó con Lázaro Báez, un empresario de la construcción de Santa Cruz. Báez estuvo esa noche con ellos y con la sobrina de Cristina y su marido, como admite en el relato. Báez fue el primero en llegar a la residencia de El Calafate para ayudar al traslado de Kirchner al sanatorio, luego del infarto.

El empresario se pregunta ahora el porqué de la negación presidencial.

La réplica de Aníbal Fernández a la carta que escribió el ex jefe de Gabinete, en la cual calificó a Cristina de “fabuladora” , pertenecería a otro campo.

Sería de otra talla, rastrera . Aníbal Fernández apeló a las descalificaciones pero no aclaró ninguno de los puntos en cuestión. Habló de hipotéticas traiciones e hizo una radiografía de la trayectoria política de Alberto Fernández. El mayor cargo, tal vez, fue su pasada y real pertenencia al cavallismo. El jefe de Gabinete no reparó que su compañera en la lista de senadores por Buenos Aires es María Laura Leguizamón. Esa mujer también pasó por las filas del ex ministro de Economía. Aníbal Fernández obvió su histórica pertenencia al duhaldismo.

El ex presidente lo rescató de las alcantarillas luego de su paso por la intendencia de Quilmes, plagado de sospechas y fugas. El jefe de Gabinete no dudó al calificar a Eduardo Duhalde “jefe de la mafia ”, cuando en el 2005 se produjo la ruptura con Kirchner.

Aníbal Fernández, quizá, constituya un reflejo exacto de la situación en que se encuentra el Gobierno y de la pauperización de su política . Esa política de pasmos produce episodios inauditos: uno de ellos tiene que ver con el proyecto de un torneo de fútbol extravagante y la televisación de los partidos. Una herramienta para intentar fortalecer la mano del poder en el deporte – apropiándose de todo el fútbol– , en un tramo clave de política y campaña. Tampoco se podrían cargar responsabilidades donde no las hubo: el jefe de Gabinete tuvo participación marginal en aquella idea trasnochada.

En la trama habrían intervenido Máximo, el hijo de Cristina, y Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico. Ellos elaboraron parte del proyecto, en sociedad con algunos presidentes de clubes, que acercaron a Julio Grondona. Al titular de la AFA le interesó, sobre todo, la inversión estatal de 300 millones de dólares para sostener el plan. El kichnerismo desea continuar en el poder y Grondona también: ambos deben ser reelectos en octubre, aunque los riesgos del capataz del fútbol parecen ínfimos. La reacción social adversa, incluso de simpatizantes de clubes beneficiados, los indujo a un retroceso.

Pero habría que volver sobre la Presidenta. Aquella reinvención, según su relato autobiográfico, sobre lo sucedido en el pasado ayudaría a comprender el desprejuicio con que encaró otros asuntos referidos a la dignidad humana, política e institucional. Uno de ellos, el manejo que se hizo –y se hace– del caso de los hermanos Noble Herrera, desprovisto de cualquier pudor. Cristina llegó a utilizar la cadena nacional para referirse al tema. Hay silencio y dilación, en cambio, desde que el cotejo de los ADN con todo el Banco Nacional de Datos Genéticos de víctimas de la dictadura, pedido por los hermanos, empezó a dar resultados negativos. Una construcción similar de la realidad realizó, también por cadena nacional, cuando vinculó la compra de la empresa Papel Prensa, de parte de Clarín y La Nación, con supuestos crímenes de lesa humanidad.

¿Confusión o reescritura intencionada de la historia? Esa duda sobrevuela el país luego de las afirmaciones de Cristina. Al kirchnerismo, en cambio, se le podría endilgar confusión en su mala hora. La intelectualidad K se horrorizó por la irrupción de Miguel Del Sel en Santa Fe. Lo acusó de representar un vaciamiento de la política. Amado Boudou, el compañero de fórmula de Cristina, ejercita esa política en moto , tocando la guitarra y en ropas de cuero.

Los mismos K construyen un cerco de silencio en torno al caso Schoklender para no dañar a las Madres de Plaza de Mayo.

Pero Hebe de Bonafini debió hacer su ronda del jueves custodiada por la policía .

Resultó ostensible, además, el esfuerzo del Gobierno por apartarse de la represión a militantes de izquierda en Jujuy, que dejó cuatro muertos.

La fuerza de las imágenes torna muchas veces frívolas e inútiles a las palabras y a los silencios.

Copyright Clarín 2011

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