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Internacionales, Todos lo demas

La última noche de Bin Laden Por: Ramón Lobo

En estos tiempos en los que se habla tanto de crisis del periodismo, del final de la letra impresa, del triunfo de la brevedad embutida en 140 caracteres, surgen reportajes como el de Nicholas Schmidle en ‘The New Yorker’ titulado ‘Capturando a Bin Laden’ (Qué pasó aquella noche en Abbotabad). No es el canto del cisne de un mundo que se muere, sino la demostración empírica del camino a seguir, de la ruta de la salvación.
 
Kapuscinski decía que los periodistas son buscadores de contextos, personas capaces de narrar con ritmo y elementos literarios un hecho real, una noticia.
 
“Poco después de las 11 de la noche del 1 de mayo, dos helicópteros Black Hawk MH-60 despegaron de la base aérea de Jalalabad, al este de Afganistán, embarcándose en una misión secreta dentro de Pakistán para matar a Bin Laden. Dentro de las aeronaves iban 23 ‘navy seals’ del Equipo Seis, (…) un intérprete americano al que llamaré Ahmed y un perro llamado Cairo”.
.Así arranca Schmidle, cuya principal aportación, además de recrear toda la misión, es confirmar que la orden de la misión era simple: ‘Sin prisioneros’. La noche del 1 de mayo, cuando Bin Laden se fue a descansar en el tercer piso de la vivienda de Abbottabad, el líder de Al Qaeda estaba condenado, no tenía posibilidad alguna de sobrevivir al ataque si todo se desarrollaba según lo planeado.
 
Un reportaje de 8.448 palabras no cabe en un tuit, aunque Twiter cumple su función: dar a conocer, divulgar; un reportaje así requiere paciencia con las fuentes, de escuchar y ver, y callar; un trabajo así exige decenas de entrevistas, comprobar y volver a comprobar, corregir, editar, mejorar, que dos o tres personas confirmen un detalle, aunque sea nimio. Cuando esos detalles llamados ‘de color’ en la jerga periodística son impecables (la cena con sandwiches), la historia resulta impecable, indiscutible, magnífica.
 
 Matar a Bin Laden era una promesa electoral de Barack Obama. Lo dijo en un debate televisivo con John McCain en 2008, al responder a la pregunta de una mujer, de si estaría dispuesto a perseguir a los líderes de Al Qaeda dentro de Pakistán aunque significara invadir un país aliado. Obama no mintió.
 
Al llegar a la Casa Blanca, en enero de 2009, el presidente quiso saber el estado de las investigaciones de la CIA en la búsqueda de Bin Laden. Lo que escuchó fue poco alentador y puso a trabajar al nuevo director, Leon Panetta, en la creación de un equipo especial. Lo dotó de medios y con los medios llega la suerte, la pista de Abu Ahmed al Kauwaiti, el correo de Bin Laden, Abbottabad.
 
El reportaje, escrito con un ritmo cinematográfico, que anticipa una película ‘made in Hollywood’, transforma las palabras en imágenes, hunde al lector en su silla de lectura: emoción, interés, datos.
  
Cuenta cómo el secretario de Defensa, Robert Gates, prefería la opción del bombardeo de precisión. Gates había estado en la misma sala (Situation room) de la Casa Blanca, cuando Jimmy Carter aprobó la misión Eagle Claw para rescatar a los rehenes estadounidenses en Irán, y que terminó en desastre. “Entonces también decían que la idea parecía buena”, recordó Gates.
 
Otro mando, Olson, estaba preocupado de cómo reaccionarían los ‘navy seals’ si una muchedumbre atacara la casa durante la operación. Olson participó en la misón Black Hawk derribado, otra catástrofe militar. La línea entre el éxtio y el fracaso es muy delgada.
 
Tres de los ‘navy seals’ del equipo de Abbottabad habían participado en abril de 2009 en la liberación del capitán del ‘Maeerks Alabama’, el estadounidense Richard Philips. Los tres, tiradores de élite. El capitán fue liberado y tres de los piratas resultaron muertos, cada uno de un disparo. El equipo que mató a Bin Laden tenía experiencia en Irak, Yemen, Somalia y Afganistán, donde actuaron una docena de veces.
 
Schmidle narra las reuniones, la creación de una unidad secreta dentro de la sede la CIA con una habitación repleta de mapas y fotografías por satélite, la cooperación interna entre la CIA y el Pentágono, cómo se localizó la casa, los entrenamientos en Nevada, el inicio de la misión, los nervios dentro de la Casa Blanca que seguía la operación en directo, el accidente del Black Hawk principal, la entrada en la casa, explosiones, disparos a poco más de un kilómetro de la principal academia militar de Pakistán y la muerte de Bin Laden… “Geronimo E.K.I.A. (enemy  killed in action)”.
 
“Sin prisioneros” era la orden, como demuestra que tras matar al jefe de Al Qaeda, un equipo entró en la habitación con una bolsa de plástico en la que introdujo el cadáver para llevárselo a Afganistán, a la base aérea de Jalalabad. Dieciocho minutos, más otros cuatro para recoger ordenadores, casetes, cedés… Una operación perfecta.
 
Como en los grandes reportajes, tras tanta tensión, la sonrisa, el guiño al lector, la humanización de la guerra a través de un animal. Obama, después de felicitar personalmente al equipo, preguntó por el perro, por Cairo, cuyo trabajo era husmear la vivienda en el caso de que Bin Laden estuviera escondido tras un muro secreto. Obama les calificó del mejor equipo de combate del mundo, no preguntó quién fue el ‘navy seal’ que hizo los dos disparos, nadie se lo dijo de forma voluntaria. Ese silencio compartido tiene un código: fue el trabajo de un grupo, de un equipo.
 
 

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