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Editoriales

Familias divididas y chicos sin futuro Por María Laura Avignolo

11/08/11 Por María Laura Avignolo
PARIS. CORRESPONSAL ANALISIS

London Field es un área en el pobre Hackney, que los altísimos precios de la propiedad en Londres han transformado en “chic” y a la moda. En la cuarta noche de disturbios y saqueos, el barrio fue defendido por los kurdos, que recuperaron los instintos de cuando debían huir de los gases dictatoriales de Saddam Hussein en Irak. A palos y con barras de hierro recuperaron sus habilidades tribales y protegieron sus negocios de Kebbabs y sus casas de los ataques de sus vecinos, una tercera generación inglesa de negros caribeños y blancos británicos, que incendiaban todo, como si no los conocieran. “Solo consiguieron quemar un autobús y un auto. Nos salvaron los ‘turcos’ de los negros, que son completamente británicos y robaban junto a los blancos.

Ninguno de ellos trabaja, todos dependen de la seguridad social , tienen bandas, que se unieron para asaltar”. La brutal descripción es de Sylvina Steffano, una argentina diseñadora gráfica, que vive en Hackney.

Históricamente, Londres sufrió violentas erupciones de violencia racista donde un elemento o una injusticia actuaba como detonador. Esta vez podría atribuírselo a la muerte de Mark Duggan, un vecino de Tottenham, a quien la policía disparo el sábado pasado porque creía que tenía un arma. Pero las evidencias han dejado al desnudo que él no disparó, sino que la policía actúo preventivamente por que lo creía armado.

¿El drama? Esta vez no es el racismo. El fenómeno es mucho más inquietante y no está solo relacionado con la situación económica, los recortes del gobierno de la coalición, su obsesión con reducir dramáticamente su déficit del 12 por ciento del PBI a cualquier costo, aún con estas dramáticas consecuencias. La violencia y, especialmente, los inéditos saqueos en Londres, son el espejo de la desintegración social británica, la implosión social de los más pobres sin futuro, la desjerarquización de la familia en la estructura de la sociedad, el odio a la autoridad en una juventud que ha crecido sin límites, y a los inmigrantes, a quienes consideran que les roban el trabajo que debería ser para ellos. Un largo proceso que comenzó con el post–thatcherismo y que en los saqueos tuvo a los inmigrantes que llegaron a Gran Bretaña como víctimas directas e indefensas. La desindustrialización thatcherista que transformó a Gran Bretaña en una economía de servicios dejó miles de desheredados, ignorados y mudos. Al menos dos generaciones de esta franja tienen un padre que nunca trabajó e hijos que no tienen trabajo y, probablemente, jamás lo conseguirán a futuro, cuando el 19% de los jóvenes entre 18 y 26 años está desempleado. Todos vivían –hasta los recortes presupuestarios– del seguro de desempleo y los beneficios sociales en esos complejos municipales, que son la olla a presión británica.

Los hijos perdieron el respeto a los padres, desempleados y sin autoestima . Los divorcios y abandonos familiares se multiplicaron. Las familias uniparentales de madres solteras o abandonadas son mayoría frente a la familia tradicional en los “estantes”. Gran Bretaña se convirtió en el país europeo con el mayor índice de embarazos adolescentes. El abismo social ya no es “dickensiano”, como en los tiempos coloniales.

Creció sordo, con otras características, otra estética, otra moral pero en ebullición, en medio de una enorme bronca . Mientras, las diferencias sociales dividían a los pobres de los ricos, con una ridícula cultura de “Celebrity” mediática como aspiración de vida a imitar y “reality shows” como salvación y garrocha de la respetabilidad social, en una sociedad estratificada por la muy victoriana visión de clase. En los saqueos, los jóvenes elegían qué boutique asaltar, qué ropa llevarse, hasta se probaban el talle de zapatillas o descartaban aparatos electrónicos para elegir el mejor televisor plasma o la última computadora. Después, destruían lo que no podían llevarse, en un ataque a la sociedad de consumo a la que aspiran y no pueden pertenecer. Las imágenes no mostraban una rebelión social, sino una escalofriante revancha consumista, sin el menor valor reivindicativo o arenga alguna .

“Cuando mi hijo británico cumplió 16 años en Londres, no quería sentarse a comer en la mesa con nosotros. ¿Por qué tengo que comer en la mesa, si mis amigos no lo hacen?, se respondía. Como buena argentina, corrí a la psicoterapeuta londinense, que me observó como si yo fuera del Opus Dei. ¿Por qué usted tiene estas costumbres tan católicas?”, me preguntó. “No sabe que cuatro de cada cinco familias británicas no comen en una mesa sino con una bandeja frente al televisor y el 70% solo se encuentran una vez al mes, así vivan en la misma casa?”, dijo la Dra. Owen. La tradicional vida familiar británica, el diálogo interfamiliar, la autoridad de los padres sobre los hijos se ha evaporado, para ser reemplazado por ASBOS (órdenes judiciales por mala conducta) y servicios sociales. Recién ahora, la sociedad ha comenzado a ver que deberán rescatarla de las cenizas si quieren reconstruir lo que cuatro noches de saqueos, violencia, xenofobia y falta de solidaridad han dejado a la luz.

original en

http://www.clarin.com/mundo/europa/Familias-divididas-chicos-futuro_0_533946639.html

 

 

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