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Editoriales

Curiosas peripecias de Macri con su vecina de enfrente. Por Julio Blanck

A una dama no se le atiende el teléfono en calzoncillos. Mauricio Macri, que sin duda recibió buena educación, debería saberlo. No sólo lo hizo, sino que lo dijo. Y mucho peor todavía: la Presidenta, que de esa dama se trata, se enteró de la descortesía por los diarios. Así estaba ataviado, en el comedor de su casa, cuando recibió el llamado de ella, hace tres semanas, para felicitarlo por su triunfo electoral en la Capital.

Como Macri finalmente es un caballero, retribuyó aquel telefonazo el lunes pasado para felicitarla a ella por su abrumadora victoria en las elecciones primarias. Ya no estaba en su casa ni en calzoncillos: vestía bermudas y disfrutaba de un crucero en la costa siciliana. Esto se supo porque lo contó Cristina, que le preguntó por esos pequeños detalles y después los hizo públicos, jocosamente. Pequeña revancha para la Señora, dueña de un verbo cuyo filo podría cortar un pañuelo de seda en el aire.

En las escasas ocasiones en que ha intercambiado palabras con Macri, incluso alguna vez en público, la Presidenta se refirió a sí misma como “la vecina de enfrente” , alusión a la Casa Rosada y la vieja Municipalidad porteña, edificios levantados en uno y otro extremo de la Plaza de Mayo.

Según contó Macri a muy poca gente cercana, esa misma figura usó Cristina el día que lo llamó para felicitarlo y él no estaba presentable. Parece haber sido aquella una conversación apenas formal y hasta con algún reproche, entre dos personas obligadas a soportar la presencia del otro. Distinta, cuentan los amigos del ingeniero, fue la charla última, quizás porque ella estaba de otro humor. Esta vez los votos eran suyos.

Después de aquella primera congratulación, Macri emprendió el largo descanso europeo que lo tuvo alejado del país y de la campaña para las primarias. La vecina de enfrente no pudo estar más complacida por ese oportuno viaje de su adversario más calificado.

Las especulaciones e insidias que florecieron en ese par de semanas no tienen de dónde agarrarse, más que de los espíritus especulativos e insidiosos. Pero la política está plagado de ellos.

Se llegó a decir, véase la mala leche, que Jaime Durán Barba había pasado a prestar servicios al gobierno de Cristina después de revalidar su eficacia como gurú electoral de Macri. A los que compraron esa sospecha con moño y todo, Macri les explicó que el consultor ecuatoriano solamente había tenido una larga conversación con una persona que conoce a la Presidenta.

Durán Barba supo dispensar elogios al potencial electoral de la fórmula que Cristina integra con Amado Boudou. Si es por el resultado del último domingo, está claro que no se equivocaba.

Macri volvió de Italia deslumbrado por el paisaje romántico de Taormina y añorando el helado de melón que probó en Roma. Y complacido porque pudo alejarse del vértigo de la política y hasta volver a leer. Está terminando La caída de los gigantes , un libraco de más de mil páginas del galés Ken Follett que relata la historia de cinco familias, entre América y Europa, durante los años de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Es la primera novela de una trilogía, formato que parece tentar a Macri. También tiene avanzada la lectura de La reina en el palacio de las corrientes de aire, última parte del extraordinario tríptico policial Millenium , del sueco Stieg Larsson. El ingeniero está fascinado por el personaje de Lisbeth Salander, la dura heroína de la serie.

Pero, de vuelta en el mundo real, sus desvelos son menos novelescos. Desolado por el despropósito mayúsculo de la oposición -un guiso al que también él le agregó su condimento- ahora le preocupa mejorar el desempeño en el tramo legislativo de la elección de octubre. Prometió a sus subordinados que esta vez saldrá a hacer campaña, tratando de sumar diputados. Su obsesión es recortarle alguna hilacha al poder que supo ganarse Cristina.

Con ella mantiene una incómoda pero persistente vecindad, a la que los votantes los forzaron ya durante cuatro años. Parece faltar sólo la formalidad de octubre para que esa cercanía física se prolongue cuatro años más.

Al sentarse en la jefatura porteña, mirando la Casa Rosada, Fernando de la Rúa dijo que estaba a cien pasos de ser presidente. Un día los caminó. Lo que vino después es otra historia.

Al ganar su reelección Macri está por segunda vez a esos cien pasos. Quizás ahora se decida a intentar el recorrido.

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