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Editoriales, Internacionales

Algo está pasando en el mundo. Por Diego R. Guelar (*)

 
 Algo profundo está pasando en el mundo entero. No es sólo el riesgo del default americano o la crisis del euro; ni las revueltas populares en el mundo árabe (Túnez, Egipto, Libia, Yemen o Siria).
 
Los “indignados” aparecen y se multiplican también en España, Israel, Chile, Inglaterra, China e India.
 
Es decir, no son sólo las grandes operaciones financieras del mundo central, ni la reacción contra los autoritarismos corruptos. Ahora estallan los países más sofisticadamente organizados, los emergentes exitosos y hasta la 2ª superpotencia mundial.
 
La intermediación, la contención y la representación son fenómenos fundamentales de la organización política y social. Los partidos, los sindicatos y las organizaciones intermedias -ONGs- expresan habitualmente este rol que tiene siempre como referencia ineludible al Estado.
 
El derrumbe del Imperio Soviético, el fin de la Guerra Fría y la adopción por parte del Partido Comunista Chino de la ideología “Capitalista de Estado”, crearon un nuevo paradigma durante los 90’s que sacralizó los beneficios económicos en forma de ganancias personales y corporativas. Se crearon así instrumentos que permitían multiplicar los números independientemente de su verdadero correlato con la creación y producción de bienes y servicios.
 
Pero al mismo tiempo se democratizaron los medios electrónicos a través de la generación de redes sociales que podían omitir o driblear las comunicaciones institucionales incluyendo a los grandes medios de comunicación. Por un camino inesperado, los ciudadanos de a pie pudieron inter-actuar por fuera de la pretensión manipuladora de los partidos, las corporaciones, las iglesias, las dictaduras y toda forma concentrada del poder.
 
Así pueden autoconvocarse decenas o cientos de miles de personas en la madrileña Puerta del Sol, en la Plaza Tahrir del Cairo, en la Plaza Verde de Trípoli o frente al Palacio de la Moneda en Santiago de Chile.
 
El instrumento son los celulares y los motivos de protesta: la desocupación, el costo de la vivienda o la educación, la discriminación de género o el hastío de soportar sectas, familias o bandas que asaltan  el poder y pretenden retenerlo por siempre. Celulares y necesidades insatisfechas sobran en casi todos los países, así que veremos multiplicarse este fenómeno hasta el infinito. Y por casa, ¿como andamos?
 
En el 2001 vivimos en la Argentina un pico muy alto de descontento callejero atizado por el corralito financiero y el derrumbe de la economía -30% de argentinos engrosaron la categoría de pobres sumándose a los ya existentes y 400.000 argentinos trataron de encontrar asilo en Europa, USA, Israel, países vecinos y Australia. Nunca habíamos vivido en el pasado algo semejante.
 
En los últimos 10 años la recuperación ha sido notable y eso explica el resultado electoral en las primarias del pasado 14 de agosto. Sin embargo, el nivel de vida en España, Inglaterra o Israel es superior al argentino. Por lo tanto, tenemos que considerar que, seguramente, nos pasarán cosas parecidas a las que hoy vemos por TV.
 
Tenemos que tener en claro que estas expresiones de protesta están dirigidas a la clase gobernante para que resuelvan problemas concretos y no son conspiraciones ni golpes de Estado y no tienen un programa revolucionario ni una propuesta partidista. Los grupos políticos o subversivos minoritarios que se infiltran e impulsan hechos violentos son un aspecto lateral y policial del fenómeno que no debe ser confundido con su sentido  verdadero.
 
En los últimos 20 años se produjo el mayor proceso de concentración de la riqueza. Nunca hemos visto una distancia semejante entre los que están en el vértice superior y los que ocupan la base de la pirámide. Jamás se verificaron índices de desocupación tan altos entre los jóvenes (en España alcanza al 45%).
 
Al margen de las virtudes y defectos del gobierno de Cristina de Kirchner, estos fenómenos se verifican en nuestra sociedad con la misma intensidad que en cualquiera de los ejemplos aquí mencionados. Lo que tenemos que tener en cuenta es que, por un lado, estamos mucho mejor que los países gobernados por reyes o autócratas del norte de África y el Medio Oriente en cuanto a la legitimidad de nuestros gobernantes, participación ciudadana, igualdad de género, vigencia de los derechos humanos, etc., etc.
 
Pero respecto de Chile, Inglaterra, España o Israel, nuestro sistema político es sustancialmente más débil y tiene una capacidad de respuesta y representación mucho más baja. Contener las demandas sociales desbocadas requiere de un Estado bien organizado y de partidos bien implantados socialmente para que puedan receptar y canalizar los mensajes que la gente expresa directamente en la calle.
 
Considerando nuestra cultura histórica, ni el “Partido Único”, ni los liderazgos individuales son respuestas posibles para la definitiva organización institucional de nuestro país. Todos los países de la región están viviendo una etapa de “ajustes” -educativos en Chile o “éticos” en Brasil- que expresan la maduración de la post transición democrática.
 
Los avances y los retrocesos producen “crujidos” sociales. En un caso, por resistencia al deterioro de la convivencia y en el otro, por búsqueda de una distribución más justa de la mejora económica.
 
Argentina crece económicamente pero la inflación y la fuga de capitales siguen poniendo en serio cuestionamiento la sustentabilidad del “modelo C” más allá de su incuestionable legitimidad.
 
¿El voto popular es, además de legitimador, una forma de aprobación expresa del programa de gobierno en curso? Lo es pero en forma relativa y no absoluta. Si no, administraciones que accedieron al poder por la vía del voto y fueron “modelos del mal” (Hitler en 1933) u otros que serían luego cuestionados por su costo social (Menem en 1995), o por su impronta bélica (George W. Bush en el 2001) estarían demostrando una patología colectiva que deslegitimaría la esencia misma del régimen democrático.
 
Un resultado electoral abrumadoramente exitoso es siempre una oportunidad: puede degenerar hacia el poder absoluto y arbitrario o dirigirse con firmeza hacia la consolidación de un sistema democrático estable y armónico.
 
Sólo nos resta construir los partidos en condiciones de representar a parcialidades con vocación de gobernar, alternativamente, al conjunto de la ciudadanía. Ya llevamos 200 años intentándolo. Todavía no lo hemos logrado.
 
(*) Diego R. Guelar es secretario de Relaciones Internacionales de PRO (Argentina). Fue diputado nacional y embajador de su país ante los Estados Unidos, Brasil y la Unión Europea

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