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Editoriales

Con el periodismo no, compañeros, por Jorge Fernandez Diaz

os historiadores y cientistas políticos del futuro anotarán, no sin cierta perplejidad, que en aquel remoto y poco vibrante 2011 el debate televisivo más encarnizado y cautivante de toda la campaña electoral por la Presidencia de la Nación giró alrededor del oficio de periodista. Los clásicos historiadores liberales indicarán seguramente que ese desatino se debió a la inexistencia de la oposición. Mientras que los revisionistas dirán que ese único debate demostraba a las claras que en aquellos gloriosos tiempos de Cristina Kirchner se podía hablar de menudencias porque el hambre, la inequidad, el narcotráfico, la inseguridad, el nepotismo, la corrupción y otras plagas modernas habían sido derrotados por el movimiento nacional y popular.

El debate ocurrió en los estudios de TN, y los protagonistas fueron la decana de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, Florencia Saintout, que saltó a la fama por premiar el manifiesto y reconocido amor por los medios de comunicación que profesa Hugo Chávez, y María Pía López, una seria y muy respetable socióloga que cobró renombre nacional merced a sus intervenciones en Carta Abierta. En el otro rincón, se ubicaron el periodista más creativo y rebelde de mi generación: Jorge Lanata, y el filósofo Tomás Abraham, que ha decidido tomar partido por Hermes Binner y cavar furiosas trincheras frente al Gobierno y sus relatores. La discusión, bloque a bloque, fue fascinante e insuficiente, fuerte y frontal, y por un momento se vio cómo flaqueaban algunos argumentos oficiales fuera del circuito cerrado que les brinda Canal 7. También las grietas que se abrían entre un periodista puro y duro (Lanata) que defendía su profesión y la colocaba al margen de intereses políticos de cualquier signo, y la posición militante de Abraham, que usó la palabra “censura” y refutó cada palabra contemporizadora de sus antagonistas arrojándoles al rostro una frase: “No les creo nada”. No les cree, concretamente, su vocación dialoguista.

Esos mismos historiadores y cientistas del futuro no podrán eludir que esa misma noche salía a la calle, después de catorce años de silencio, una pequeña pero prestigiosa revista dedicada a la cultura: La Maga . Y que la remozada publicación consagraba catorce páginas al gran problema cultural del momento: otra vez, el oficio de periodista. Fue un número electrizante porque profundizó el debate televisivo sumando entrevistas al propio Tomás Abraham, al escritor Juan Sasturain, al ex periodista Orlando Barone y a un servidor, que acudió a título personal y a la vez representando de alguna manera a cientos de profesionales que no se casan con nadie. Mucho más interesante que yo resultó ser precisamente el panelista de 6, 7, 8 . Barone atacó directamente la ideología de esta columna, que en efecto intenta promover la “tercera posición” (como la define Orlando) entre la militancia periodística del oficialismo y el periodismo verdaderamente opositor. Le parece imposible de lograr ese equilibrio y esa filosofía crítica de los hechos que, con errores y aciertos, muchos colegas de los principales diarios de la Argentina y el mundo vienen practicando desde siempre.

Barone explicó allí, quizá por primera vez, el conflicto de fondo: “El periodismo es inevitablemente de derecha porque la democracia lo es -declaró-. El periodismo nace para defender la democracia, dentro de los cánones instituidos de la propiedad privada”. Por fin un kirchnerista dice con todas las letras lo que el gurú Ernesto Laclau insinúa: el problema es la democracia. El movimiento que representan se autopercibe instintivamente como revolucionario aunque sea reformista, y entonces el traje democrático le resulta ahora una camisa de fuerza. Como el periodismo es una actividad imprescindible para una democracia, los teóricos le han prestado argumentos ideológicos a una simple necesidad feudal: controlar a la prensa, eliminar ese obstáculo. Porque la democracia es de derecha y el populismo es de izquierda, ¿vio? Y porque dentro de ese contexto, los periodistas somos “distorsionadores sociales”.

Es evidente que no todo el kirchnerismo piensa de esta manera. Basta seguir y leer a muchos militantes lúcidos, honestos y democráticos para entender que existen palomas y halcones, y que incluso Néstor y Cristina Kirchner han hecho equilibrio en los bordes para extremar sus políticas sin caer en ese pozo. Pero sobrevuela en una parte de su militancia aquel desprecio por la “democracia burguesa”, y me temo que ése es el espíritu que anida en la ley de medios, una legislación importante en muchos aspectos, pero que no ha demostrado aún que no fue creada como arma coercitiva ni tampoco que puede realmente ampliar las voces y opiniones. Dentro del mundo oficial no hay espacio ni siquiera para un kirchnerismo crítico. Y los medios que el Gobierno va creando, comprando o cooptando con dinero carecen de independencia política y económica. La ley de medios confirmará su efecto bienhechor el día en que un solo periodista de ese nuevo espectro copie a Rodolfo Walsh (no en su compromiso político sino en su potencia investigadora) y derribe a un solo corrupto.

Mientras tanto dejo por escrito, para historiadores y cientistas del futuro, mi desacuerdo con esta opinión de Barone: “García Márquez dice que el periodismo es el oficio más bello del mundo, me parece una pelotudez”. A mí no. A mí me parece que el periodismo sigue siendo el oficio más bello del mundo

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