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Editoriales

El poder, sólo en manos de Cristina por Eduardo van der Kooy

Qué ocurrirá después del triunfo seguro del domingo que viene? ¿Cómo será el gabinete de su gobierno nuevo? ¿Habrá al final prevenciones frente a la crisis económica internacional? ¿Retornará a fuego la confrontación kirchnerista luego de una cierta tregua de campaña? ¿Llegará la ofensiva final contra Hugo Moyano? ¿Se hará explícito el sabotaje K contra Daniel Scioli? No existe un solo funcionario del Gobierno que esté hoy en condiciones de responder, con algún grado de certeza , ese manojo de interrogantes. Ni siquiera Amado Boudou o Carlos Zannini, que tienen un lugar de indudable privilegio en la confianza de la Presidenta.

Cristina Fernández se mueve en absoluta soledad , como lo viene haciendo desde que murió Néstor Kirchner. Como lo hizo también hasta que decidió comunicar su voluntad de ser reelecta. El matrimonio hizo del secreto y del misterio una herramienta política que les arrojó rédito. Pero ahora es ella sola. Un funcionario que la frecuenta, también desnortado, arriesgó una percepción: “No sabemos con quién consulta. Pero no hace nada sin hablar antes con su hijo, Máximo” . Valiosa revelación para el tiempo que amanece.

Nunca desde 1983 se ha visto nada parecido en la Argentina.

Raúl Alfonsín y Carlos Menem tuvieron un estilo de conducción deliberativo. A Fernando de la Rúa resulta difícil clasificarlo. Consultaba mucho más de lo que decidía. Eduardo Duhalde manejó su gobierno de emergencia con puertas abiertas, tanto que su rumbo pareció siempre zigzagueante. Kirchner confiaba en Alberto Fernández, un escalón más abajo en Roberto Lavagna y, sobre todo, en su esposa. Cristina tiene todo, absolutamente todo entre sus manos.

El fenómeno resulta notable en varios planos. Es imposible registrar discurso político del Gobierno que no provenga de una intervención presidencial. Aníbal Fernández se circunscribe, y cada vez menos, a los retruques. Boudou sólo forma parte de una bullanguera caravana de campaña. Los dos días de la semana pasada que la Presidenta debió descansar por una afección habitual en su salud, el silencio oficial se asemejó al de un sepulcro.

Hay comprobaciones también en la campaña.

La oposición se ha mostrado reticente a confrontar con Cristina . Hubo excepciones de Duhalde y Hermes Binner. Las alusiones críticas enfilaron casi siempre contra el Gobierno o el kirchnerismo. La Presidenta fue hábil para condicionar a esa oposición: lo hizo exponiendo públicamente su dolor de viuda ; omitió a sus contrincantes y se aferró a un discurso más consensual que el que se le conoció mientras compartió el poder con Kirchner.

La estrategia tuvo otras consecuencias. Los escándalos de corrupción, entre ellos el de Sergio Schoklender, fueron perdiendo intensidad.

Aunque en su esencia permanecen intactos.

El Poder Judicial actuó, por su parte, con funcionalidad. El juez Noberto Oyarbide clausuró hasta después de las elecciones el proceso del caso Schoklender. El ex apodorado de las Madres de Hebe de Bonafini, ni siquiera fue citado a declarar.

Los jefes de los bloques kirchneristas en el Congreso, como los ministros, tampoco tienen instrucciones minuciosas sobre el tránsito entre octubre y diciembre. Luego vendrá un Parlamento con cómoda mayoría kirchnerista que simplificaría los planes. En ese momento, quizá, los jefes sean distintos de los que son ahora.

El Presupuesto 2012 ya empezó a discutirse. Es pura retórica: Cristina no quiere, como en el 2011, ningún cambio en ese texto. La oposición flamea: un sector (UCR, Peronismo Federal) planea votarlo en general, pero sostener el debate en particular sobre los temas más ardientes. Elisa Carrió convino con el diputado Alfonso Prat Gay que la Coalición presentará su propio Presupuesto.

En aquella transición el kirchnerismo intentará convertir en ley el proyecto que declara de interés público la producción y comercialización de papel de diario. Un avance sobre Papel Prensa y un modo indisimulado de pretender aumentar el control sobre la prensa. En ese sentido, el kirchnerismo no necesita señales: la autodenominada batalla cultural es una de las tiras dilectas de Cristina.

En ese terreno, el Gobierno suele chapucear con frecuencia. Ha edificado con dineros del Estado 13 grupos mediáticos oficialistas o paraoficialistas cuyo beneficio económico y político, en comparación con el gasto, parece demasiado módico. Promociona la licitación de 220 nuevas señales para canales de aire. Pero faltan los interesados de fuste. No hay mercado publicitario que pueda sostener aquel enorme andamiaje.

Diputados y senadores K, en cambio, saben que deberán bregar antes de diciembre, si fuera posible, por la extensión de la emergencia económica.

Una ley que, como legisladora, Cristina votó siempre en contra y, en algún caso, evitó pronunciarse. El Gobierno esgrimirá como argumentos las acechanzas de la crisis internacional. Un contrasentido verdadero: la Presidenta y sus hombres siguen sosteniendo que la Argentina permanece blindada a los efectos nocivos de esa crisis.

El relato K posee, pese a todo, buena penetración. Un trabajo de la consultora Poliarquía demuestra que entre el 50% y el 55% de la sociedad confía en que la crisis mundial no golpeará sus bolsillos. Casi, con exactitud, el volumen de votos que recogió en agosto y volverá a recoger Cristina. Amén de la fidelidad, esa percepción popular podría trasuntar otra cosa: que un importante segmento de la sociedad acepta con conformidad el perfil de una Nación distante del resto del planeta.

Por ese motivo, tal vez, a la Presidenta no le inquieten las renovadas fricciones con Washington, la lejanía de la Unión Europea y cierta frialdad de algunos países de la región, salvo Brasil. El vecino grande podría convertirse en termómetro de hasta qué punto la crisis impactará en la economía local. Brasil importa casi más que el precio de la soja.

Parece prudente ese interés por la evolución de la realidad brasileña. Encerraría riesgos, en cambio, cierta indolencia advertida en el vínculo con Estados Unidos en un trance de tanta incertidumbre internacional. Ese vínculo está siendo surcado por controversias económicas y políticas. Luego del episodio nunca saldado de la valija militar estadounidense que decomisó el canciller Héctor Timerman, la postura fría de la Casa Blanca con la Argentina habría virado en ráfagas de presión.

Washington ha votado tres veces en contra de créditos del BID a nuestro país y en otra ocasión del Banco Mundial. Los créditos se giraron de todos modos porque EE.UU. no tiene poder de veto. Ese comportamiento tendría una explicación: la demora del gobierno K en saldar la deuda con el Club de París, con acreedores privados y en normalizar relaciones con el FMI.

En la decisión habría coincidido la visión de demócratas y republicanos.

La actitud de Washington podría complicar a Cristina si su gobierno debiera recurrir el año que viene al financiamiento externo. Todavía no se conocen las secuelas que podrá dejar la crisis, pero además de los vencimientos externos el kirchnerismo deberá computar los altos déficits provinciales derivados del incesante aumento del gasto público.

Veamos ahora el campo político de la relación bilateral, si es que resulta posible desbrozar una cosa de la otra. Cristina y Barack Obama habían sembrado aquel campo con una posición coincidente respecto de Irán. Los Kirchner condenaron siempre en los foros internacionales la acción terrorista y endilgaron al régimen iraní el atentado de 1994 en la AMIA. Sucedieron dos cosas en los últimos días: al hablar en la ONU la Presidenta anunció la sorpresiva apertura de un diálogo con Teherán, orientado a intentar aclarar aquella tragedia; Washington denunció la semana pasada una posible escalada terrorista iraní que incluía, al parecer, objetivos en la Argentina. La denuncia, al principio débil, pareció consolidarse cuando la secretaria de Estado, Hillary Clinton, la hizo propia.

Hace rato que Washington observa con aprensión la avanzada iraní en América latina , sobre todo en Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua. El Gobierno K tiene muy buena relación con ese grupo de países, aunque no ha resuelto su grave conflicto con Irán. Fuentes diplomáticas aseguran que el Departamento de Estado ha comenzado a ahondar la información sobre la supuesta “embajada paralela”, con fines comerciales, que existió en los primeros tiempos del kirchnerismo entre Buenos Aires y Caracas.

Los problemas con Washington tendrán una incidencia nula en el desarrollo electoral. Al contrario, la insulsa relación bilateral y el discurso de confrontación con el FMI forman parte del capital con que el kirchnerismo logró nutrir su base política. Cristina aludió varias veces en campaña su modelo que supo contrariar las viejas y fracasadas recetas del Fondo.

Pero a ese tiempo electoral le queda apenas una semana. Después volverán los problemas, los viejos pleitos irresueltos y el tiempo de las decisiones.

El mundo es mucho más incierto que el que existía cuando Kirchner murió.

La Argentina deberá, guste o no, reacomodarse ante esa realidad.

La única certeza sobre el futuro es la continuidad de Cristina . El resto de ese mismo futuro lo atesora con misterio la Presidenta, fuera del alcance de todos.

Copyright Clarín 2011

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