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Le Monde Diplomatique: “Diez años después, ahora” – Editorial El Diplo

Por José Natanson

cap-L.png a integración europea sigue siendo uno de los grandes avances del siglo XX. Nacida de los horrores de la guerra, lo que hoy se conoce como Unión Europea tuvo en su origen el doble objetivo de consolidar una zona de paz mediante la integración franco-alemana del acero y el carbón, insumos estratégicos para cualquier tentación bélica, y al mismo tiempo ir logrando una convergencia económico-social entre los Estados miembros, para lo cual se partía del recuerdo de la desdichada experiencia de la Alemania de Weimar, con el caos macroeconómico, la inflación y el desempleo como causantes directos del ascenso del nazismo. El primer objetivo se cumplió; el segundo, sólo a medias.
Como resultado de los fondos estructurales, la creciente integración física y la libre circulación de personas (entre los Estados miembros, se entiende), la brecha de desarrollo entre los países más ricos y los más pobres se fue achicando. El PBI per cápita de Alemania es de 36.449 dólares, el de España de 32.545 y el de Grecia de 29.664. La distancia existe pero es menor a la que separa, por ejemplo, a Argentina (14.559) de Brasil (10.427) (1). Si se compara según el Índice de Desarrollo Humano elaborado por Naciones Unidas, que tiene en cuenta variables de salud, educación e ingreso, es fácil comprobar que los integrantes de la Unión se encuentran ubicados en el pelotón de los más desarrollados (Italia en el puesto 24, Grecia en el 29), mientras que en nuestra región algunos países de desarrollo medio (Chile en el 44, Argentina en el 45) conviven con otros de desarrollo bajo o muy bajo (Bolivia en el 108, Guatemala en el 131).
Sin embargo, la brecha de productividad entre los países europeos sigue siendo amplia y está en la base de los problemas que enfrentan hoy los eslabones más débiles de la cadena, sobre todo Grecia, Italia y España, sacudidos por el acoso de los mercados, las presiones de los tecnócratas y la resistencia social al ajuste, en una encrucijada dramática que ha puesto en duda la supervivencia misma de la Eurozona.

Carne

No es difícil encontrar paralelismos entre la crisis que atraviesa hoy Europa y la que sufrió Argentina tras el estallido del 2001. El primer elemento en común es el corset macroeconómico que implica la pérdida de soberanía monetaria, aunque vale aclarar que no es lo mismo adoptar una moneda ajena como el dólar que crear una moneda supranacional como el euro, sobre la cual, al menos en teoría, todos los países tienen cierta injerencia (y escribo “en teoría” porque si algo demostró la crisis es que, pese a que todos los integrantes de la Eurozona están representados en el Banco Central Europeo, el peso de las grandes decisiones está reservado a la tecnocracia y a los más poderosos, es decir a Alemania y Francia).
Pero más allá de las diferencias lo que ambas situaciones demuestran es el riesgo derivado de adoptar un régimen de tipo de cambio fijo en economías con niveles diferenciados de productividad, como la alemana y la griega pero también la argentina y la estadounidense. En situaciones de bonanza económica mundial, liquidez de los mercados y permisividad de los organismos internacionales (el Banco Central Europeo en la Grecia actual, el FMI en la Argentina de los 90), la tentación del endeudamiento resulta tan seductora como el encanto de algunas mujeres, y son pocos los países que logran resistirse a ella, hasta que todo estalla y lo que parecía puro amor se transforma en despiadada exigencia.
Y entonces, privado de la herramienta monetaria, que es crucial para superar momentos de crisis, y sin posibilidad de seguir endeudándose o apelando a “rescates” o “blindajes”, al Estado sólo le quedan el frente fiscal y los salarios como variables de ajuste. Es decir, recortes, despidos y privatizaciones (si resta algo por privatizar). Los mercados reinan imponiendo sus condiciones y el observador atento tiene derecho a cualquier cosa salvo a asombrarse, tal como señaló Julio Nudler en una vieja nota publicada en Página/12, ilustrada con una foto de Isabel Sarli y titulada “¿Qué pretende usted de mí?”, el famoso latiguillo de Carne. Como los hombres, los mercados sólo piensan en eso.

Democracia a la europea

Además de las variables macroeconómicas y el clima social, hay un aspecto de la crisis europea que también reenvía a la Argentina del 2001: la renuncia del jefe de Gobierno popularmente elegido y su reemplazo por alguien que no ha sido votado, al menos no para ese cargo.
En Europa había antecedentes de este plano inclinado que va de las elecciones democráticas a la tecnocracia elitesca. Tras el rechazo al Tratado Constitucional en los plebiscitos celebrados en Francia y los Países Bajos en 2005, los líderes europeos optaron por crear un marco institucional de bajo perfil para que sea aprobado sólo por los parlamentos nacionales, sin pasar por el riesgoso trámite del referéndum. Un mes atrás, el entonces primer ministro griego, Giorgos Papandreu, quiso consultar a su pueblo a través de un plebiscito acerca del plan de ajuste y rescate prescripto por los líderes europeos, pero tuvo que retroceder ante el rechazo general. Como señaló sagazmente el sociólogo francés Hervé Do Alto (2), los políticos e intelectuales europeos que se espantan por el populismo latinoamericano deberían reconocer que los caudillos demagogos estilo Chávez al menos están dispuestos a someter a la voluntad popular sus proyectos de cambio constitucional.
Como en la Europa de los banqueros-jefe de Gobierno, en la Argentina del 2001 la salida institucional también fue un acuerdo cupular para designar a un líder encargado de pilotear la transición. Se trataba, en este caso, de un viejo integrante de la clase política, Eduardo Duhalde, que no sólo no había sido elegido para el cargo sino que lo había disputado sin éxito… apenas dos años atrás ¿Quién hubiera dicho que la “solución argentina” a la crisis iba a ser efectiva? Un típico integrante de la corporación política, designado por la institución más desprestigiada de la democracia (el Parlamento de la Banelco) como capitán de un gobierno apoyado no sólo en los dos grandes partidos, sino en sus sectores más tradicionales (el peronismo bonaerense y el alfonsinismo) (3). Aunque el elegido no fue un tecnócrata como Lucas Papademos o Mario Monti, el camino fue el mismo: la política se autonomiza de la sociedad y toma una “distancia no democrática” que apunta a organizar la economía sin el molesto aliento en la nuca de las masas.

Luces prendidas

Con la distancia que habilita el tiempo, es interesante comprobar que la salida política a la crisis del 2001 fue totalmente diferente, casi opuesta, a los sueños de horizontalidad e hiperparticipación de las jornadas de diciembre. En una primera mirada, parece quedar poco de todo aquello: los movimientos piqueteros se articularon de manera más o menos tensa con el oficialismo o permanecen como expresiones sociales muy legítimas pero localmente situadas, las asambleas de las clases medias urbanas se apagaron sin mucho ruido y la sociedad entró en una fase de “normalidad” ciudadana.
Pero que los deseos maximalistas de los soviets de Caballito no se hayan cumplido no quiere decir que la crisis no haya dejado sus secuelas. El shock emocional producido tiene explicaciones históricas complejas que van desde el fin del ideal aspiracional de las clases medias europeizadas al silogismo que Moisés Naim inventó para Venezuela pero que resulta perfectamente aplicable a Argentina: “El país es rico, yo soy pobre, luego alguien se robó mi dinero”. Sus derivaciones más estudiadas son la crisis de representación, lo que traducido al lenguaje de los no politólogos quiere decir el quiebre de los lazos que unen a gobernantes y gobernados, junto al estallido del tradicional bipartidismo argentino, cuyas consecuencias sufre sobre todo el radicalismo.
Pero los efectos del 2001 no se limitan al giro económico ni a la metamorfosis de la superestructura de la representación política; también son visibles en los sueños y los miedos de la sociedad. Así como el burbujeo asambleario pos 2001 tenía antecedentes remotos (la lucha de los organismos de derechos humanos, los centros de estudiantes, el trabajo social de los clubes de barrio), sus secuelas no se limitan a tres o cuatro meses de entusiasmo: desde el movimiento ambientalista de Gualeguaychú a –guste o no– los cortes de ruta decididos en asambleas por los productores rurales durante el conflicto del campo, con su conato de cacerolazo incluido, parece evidente que la dinámica de autoorganización ha dejado una marca y un aprendizaje. Quizás el resultado más significativo de la crisis del 2001 sea el haber consolidado una sociedad en estado de alerta permanente, dispuesta a manifestarse ruidosamente, a veces incluso con violencia, ante lo que considera un ataque o una injusticia: las puebladas que estallan regularmente ante episodios de inseguridad son la manifestación cotidiana de este estado de cosas.

Comparaciones odiosas

Como señalamos más arriba, los análisis comparativos son válidos pero deben avanzar con cuidado: no es lo mismo el Estado de Bienestar que aún subsiste en Europa que el Estado neoliberal de la Argentina posmenemista. Los indicadores sociales, por ejemplo, siguen siendo más positivos en la Grecia de hoy que en la Argentina del 2001. Del mismo modo, tachar a toda Europa de “neoliberal” es tan insensato como definir a América Latina como “populista”.
Pero haciendo estas salvedades el ejercicio es válido. Los gobiernos de la Europa actual son resultado del formidable impulso de integración económica y articulación política iniciado en la posguerra. Cada uno a su modo, parecen expresar algo que está llegando a su fin. El kirchnerismo, en cambio, es el resultado inesperado de la crisis del 2001, que funciona como su trauma fundante. Si se mira bien, muchos de sus aciertos –la gobernabilidad económica, la obsesión por el crecimiento, la no represión, las políticas de reparación social– tienen su origen en el estallido de diciembre, del mismo modo que sus derrapes más notorios –la subestimación del problema inflacionario, la apelación a los métodos institucionales de la emergencia– también se explican por las heridas del 2001. Pero es sobre todo la capacidad del kirchnerismo para estar atento a las demandas y humores de una sociedad en estado de alerta lo que lo define como un hijo de la crisis, cuyos efectos más inmediatos se han disipado pero cuya sombra sigue pendiendo como una espada sobre la cabeza de Argentina, que duerme soñando que se despierta con el ruido de cacerolas.

1. Datos del Banco Mundial para 2010 ajustados por paridad de poder adquisitivo.
2. Hervé Do Alto, “Del entusiasmo al desconcierto. La mirada de la izquierda europea sobre América Latina y el temor al populismo”, Nueva Sociedad, Nº 214, marzo-abril 2008.
3. Un análisis interesante sobre el tema: Fabián Bosoer “1999-2003: el auto-rescate de las democracias sudamericanas. Una hipótesis sobre la eficacia del ‘componente parlamentario’”, Universidad de Buenos Aires-FLACSO, 2004.

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