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Comisarios para Boudou, juego de sonrisas y veneno para Macri por Julio Blanck

En Foco – 06/01/12

Está todo igual, como si Cristina en vez de haberse operado se hubiera ido unos días de vacaciones.
Así definió un veterano del Gobierno el clima dominante en la Casa Rosada y en uno de los ministerios claves del kirchnerismo. Agregó que cuando el ascendente vocero presidencial Alfredo Scoccimarro leyó el parte médico del día, algunos funcionarios casi ni prestaron atención a los televisores. No era desapego ni desamor, apenas una constatación de que la estrategia de planchar todo y quitarle dramatismo a la salud de la Presidenta funciona hasta con la propia tropa.
El truco resulta eficaz como fueron eficaces la mayoría de los artilugios de comunicación que ha puesto en escena el Gobierno. La creación de climas, casi siempre dramáticos y con aires de epopeya, es una especialidad kirchnerista y más aún cristinista, llevada a niveles de excelencia que la democracia de estas décadas no había conocido. Esta vez se busca lo contrario. Y parece estar consiguiéndose.
Hasta los opositores celebraron, como es de buena leche hacerlo, las noticias favorables sobre la evolución de Cristina. Y la marcha del Gobierno, ahora bajo el transitorio mando formal de Amado Boudou, se evidencia plácida, chata, con un premeditado perfil bajo.
Un divertimento incipiente en las filas políticas del oficialismo es adivinar cuánto lo estarán vigilando a Boudou los comisarios cristinistas y cuánto de incómodo puede poner ésto al vicepresidente.
Ante una consulta puntual sobre el tema, fieles soldados de la Presidenta juraron que no hay ningún seguimiento especial sobre Boudou. Pero el directivo de una empresa, que tiene trato casi diario con el Gobierno, suele decir que el problema de los leales es que tienen que demostrarlo delante de demasiada gente. Es un sistema donde impera la desconfianza y donde adelanta casilleros aquel que lleve el cuento sobre la conspiración más sombría.
Máximo Kirchner y Carlos Zannini son, en estas primeras horas, las verdaderas caras del poder en ejercicio. Siempre cerca de ellos orbitan el secretario de Inteligencia, Héctor Icazuriaga, y el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina. En nombre de La Cámpora, consolidada cuña cristinista, la interlocución la lleva Andrés Larroque. El virtual superministro de Economía, Guillermo Moreno, hace lo suyo con libertad de movimientos: todos saben que cumple un libreto ya aprobado y que la Presidenta induce, avala e impulsa sus acciones.
En tributo al espacio de calma y control que se generó alrededor de la Presidenta, para acompañar la presentación pública de su enfermedad, operación y convalecencia, también declinaron por el momento las expresiones más evidentes de belicosidad con Hugo Moyano y Daniel Scioli.
En esa escena en la que todo parece suspendido en el aire esperando el regreso triunfal de Cristina, sonó como nota desafinada el aumento de la tarifa del subte dispuesta de modo rajante por el gobierno porteño de Mauricio Macri.
Ayer dejaron trasuntar su malestar fuentes del Ministerio de Planificación que comanda Julio De Vido, área encargada de negociar el traspaso a la Ciudad de la concesión de los subterráneos. Se hablaba de un aumento exagerado, se decía que Macri podía haber tomado más tiempo para analizar y decidir el aumento.
Ese descontento kirchnerista, de ser real, iría en dirección contraria a la interpretación de que Macri se asociaba de hecho al ajuste en las tarifas de servicios públicos que ejecuta el Gobierno nacional. Esa asociación, se especulaba, haría más liviano el costo político para Cristina.
Pero si el malestar del Gobierno es auténtico y no sólo una actuación comunicacional, habría que pensar que fue eficaz la estrategia de Macri de adherir la firma del traspaso (el martes) al anuncio de aumento de tarifas (el miércoles), para cargarle al kirchnerismo parte del costo político de la decisión.
Su intención fue transparentar, ante el público, que el pasaje subía de $ 1,10 a $ 2,50 porque el Gobierno nacional le quitaba la mitad del subsidio con que habían mantenido esa tarifa muy por debajo del aumento de todos los precios de la economía. En rigor, sucede lo mismo con todas las tarifas de transporte y servicios. Es una situación que empezó a modificarse con la decisión del Gobierno de retirar subsidios al gas, agua y luz. Y habrá más.
Partiendo del convencimiento de Macri de que las tarifas deben ser aumentadas porque el sistema de servicios públicos ya dio señales de agotamiento, en el Gobierno porteño analizaron varios escenarios cuando ya era inminente el traspaso del subte.
La primera conclusión fue que el Gobierno nacional nunca iba a dar el primer paso en el aumento de tarifas. Otra conclusión fue que el camino más sensato, que es cambiar el subsidio a las empresas por el subsidio a los usuarios a través de tarifas diferenciadas, requiere de una ingeniería que ni el Gobierno nacional ni el de la Ciudad están hoy en condiciones de diseñar y aplicar.
El macrismo rechaza la versión de que había un acuerdo de palabra con el Gobierno para que el aumento de tarifa del subte no fuese inmediato. Y dice que la aceptación del traspaso fue “un gesto de buena voluntad de Mauricio a la Presidenta”.
Se recordará que Cristina, después de anunciarse su enfermedad y su operación, en su última aparición pública hasta la fecha le pidió a Macri “un esfuercito” para avanzar en el traspaso del subte.
Pero es difícil pensar en diminutivos simpáticos y alardes de urbanidad cuando se trata de una negociación política por muchos millones.
Cristina buscó aliviar las deficitarias cuentas públicas desprendiéndose de un servicio que se comía subisdios por 360 millones de pesos anuales. Y, de paso, puso a Macri en la posición incómoda de ser el primero en anunciar aumentos en el transporte.
Macri negoció hacerse cargo de la mitad de aquel subsidio y lo trasladó de inmediato al costo de la tarifa. Pero logró la promesa del Gobierno de cooperar en el financiamiento del plan de 1.000 millones de dólares para extender la red de subterráneos, pieza clave de su exitosa propuesta electoral a los porteños.
“Nos interesa abrir una negociación razonable, para pelearse siempre hay tiempo” dijo ayer un funcionario clave del Gobierno porteño. Por cierto, Macri sabe que a pesar de su 64% de votos en Capital no está para cruzarse ahora con Cristina, su 54% nacional y su aura invulnerable de Presidenta en feliz recuperación.
Anoche, Macri y Scioli jugaron en Mar del Plata un partido de futbol de salón integrando sus equipos, Boca y La Ñata. Todo prolijamente difundido por televisión. Si no fue un desafío al estilo cristinista, se le pareció demasiado.
Es cierto que para pelearse siempre hay tiempo.Ese tiempo llegará, inexorable.

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