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Nacionales

El relato oficial ya no logra ocultar los desajustes de la economía. Por Alcadio Oña

En el discurso K, la inflación no existe y si hay subas de precios es por culpa de los grupos económicos concentrados y los monopolios.

Nada que ni siquiera roce al Gobierno.

Durante la era kirchnerista y según informes del propio INDEC, la concentración y la desnacionalización de la economía no se detuvieron; al contrario, crecieron. En los países vecinos, en unos más y en otros menos, la economía también está concentrada y pisan fuerte las filiales de las multinacionales, pero en ninguno la inflación se acerca al 10 % anual.

Aquí, el índice de precios real ronda el 24 %. Y sólo la estadística oficial canta números parecidos a los de los vecinos: el problema es que hace falta creerle al INDEC.

En el discurso K, la actual turbulencia cambiaria viene fogoneada por los especuladores, los devaluacionistas o los medios críticos. En fin, por aquellos que quieren que al kirchnerismo le vaya mal. Así, nuevamente, el Gobierno queda libre de toda responsabilidad .

Durante sus tiempos de ministro de Economía y cuando el caso Ciccone no lo había llamado a silencio, Amado Boudou negaba la inflación y si algo admitía lo cargaba al movimiento de los precios relativos, o sea, al retraso de unos pocos que tendían a acercarse a otros. Cualquiera sabe de sobra que si hay un precio retrasado es el del dólar oficial: desde 2007, ha subido menos del 45 % contra una inflación mayor al 190 %.

¿No asoma, en el dólar relativamente barato y en la inflación claramente elevada, al menos una razón que explique el atractivo de la moneda norteamericana? Si hasta sectores de menores recursos, para nada especuladores al modo K, buscan refugio ante un peso que es comido por la trepada de los precios.

En el discurso K, los problemas de la economía argentina son culpa de “un mundo que se nos vino encima”.

Omite, redondamente, la cosecha propia : entre otros, el desajuste del tipo de cambio, la inflación misma y la impresionante suba del 2.000 % acumulada por la factura de los subsidios desde 2005, que jaquea cuentas fiscales ya en rojo. También, el déficit energético y la pérdida del autoabastecimiento: si este año las importaciones crecen menos, será por caída de la demanda.

Y eso de que el “mundo se nos vino encima” es cuanto menos relativo. Puede ser que el bajo crecimiento brasileño le pegue a las exportaciones de bienes manufacturados, pero ahí queda reflejada la fuerte dependencia de la industria local respecto del mercado vecino.

Pero la pieza clave sigue firme: la soja cotiza a 510 dólares la tonelada. Cuando el kirchnerismo llegó a la Rosada, estaba en 222.

Este año, las exportaciones del complejo sojero rondarán US$ 21.000 millones y las retenciones unos US$ 7.000 millones: por un lado, divisas abundantes para alimentar el mercado cambiario y, del otro, ingresos considerables para un Fisco corto de plata.

El mundo luce complicadísimo, pero por lo que toca a la Argentina no da como para sostener que el viento de cola se ha puesto de frente .

Cada cual puede disparar culpas hacia donde elija, lo concreto es que la economía está a las puertas de la recesión , tal cual lo prueba el magro crecimiento del 0,6 % en abril, contra el mismo mes del año pasado, reportado por el INDEC. Comparable al 0,5 % de abril de 2009, cuando la recesión fue evidente, menos para las infladas cifras del organismo oficial.

Institutos privados ya advierten que en mayo la economía cayó 1,3 % y 1,5 % la producción industrial. También, que la inversión se desplomó 16 %.

Por donde se mire afloran, además, los efectos del cepo cambiario, y las trabas a las importaciones sacuden hasta a las exportaciones. No hay forma de ocultar el impacto de las medidas, desordenadas y de apuro, de Guillermo Moreno.

Ni es posible atribuir lo que pasa a errores de otros , porque el kirchnerismo lleva más de nueve años en el poder.

Desde luego, el mercado laboral quedó en el medio. Hay suspensiones, la demanda de empleo de las empresas está resentida, recortan horas extras y turnos de trabajo y domina el eslogan contrato que vence–contrato que no se renueva.

El último plan de viviendas podrá ser presentado como muestra de las políticas contracíclicas del Gobierno, pero apunta, justamente, a un cuadro que tiende a empeorar. Y la cantidad de interesados que se anotó en los primeros días revela la magnitud del déficit habitacional .

Sin embargo, no está claro que exista toda la plata necesaria para cubrir los alcances del anuncio. Tampoco, que haya capacidad de gestión suficiente: el programa de inversiones del Bicentenario contemplaba créditos por $ 10.000 millones; sólo fueron ejecutados unos $ 2.500 millones y entre contadísimas empresas. Además, construir las viviendas llevará tiempo.

Seguramente, existen herramientas para revertir un panorama que luce complicado, pero no dramático. Aunque, medidas por los resultados, parecen imprescindibles unas bastante diferentes a las que Moreno viene ensayando.

Poco o nada queda ya del modelo económico original , por lo demás heredado. El dólar alto y competitivo terminó preso de la turbulencia. Las cuentas fiscales tienen color rojo profundo. Y el superávit comercial viene atado al cerrojo cambiario y al freno a las importaciones.

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