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Editoriales, Nacionales

de Cómplices y enemigos x Por Roberto García

Repetida como un carbónico gastado, otra vez una interna peronista –en este caso, proveniente del corazón del Gobierno– trastornó a buena parte del país. Ocurre siempre, son setenta años de condena reiterada. Y culmina, si es que culmina, como si la Argentina viviera un estado de guerra, con el ministro Julio De Vido anunciando partes médicos cada ocho horas sobre el estado de los surtidores de todo el territorio y un emergente subsecretario de Seguridad, el militar y médico Sergio Berni, anticipando quizás la participación de las Fuerzas Armadas –tarea para la cual, parece, se viene preparando el funcionario– en la esterilización de conflictos sociales, especialmente el actual entre el gremio camionero y la administración de Cristina de Kirchner. En 48 horas de esta semana, el poder que los Kirchner le facilitaron a Hugo Moyano en estos años sorprendió al propio Gobierno, más bien lo asustó: por un papirotazo del dirigente de un solo sindicato, la población podía quedarse sin alimentos, combustible, dinero, diarios y con la basura en la puerta. Si hasta pudo asombrarse el propio Moyano de su alcance hegemónico, de creerse mosca cuando era luchador de sumo: nervioso, entonces, retrocedió en su paro prolongado usando como escape un aumento de salarios que él mismo decidió, y convocó a San Perón para este miércoles.

Litigios agobiantes y famosos, como el de Margaret Thatcher y los mineros o el de Ronald Reagan y los controladores aéreos, los domésticos de Saúl Ubaldini contra Raúl Alfonsín nunca amenazaron generar tantas complicaciones a la vida cotidiana como el que hasta hace 48 horas encabezaba Hugo Moyano con la curiosidad de que en otras tierras los intereses eran diferentes, contrapuestos, mientras en la Argentina los bloques en pugna que martirizan y desafían se originan en una misma fracción política, en la que han sido afines y socios durante años, cómplices inclusive para desalojar o reducir a presuntos enemigos. Incluso, con la particularidad de que nadie tiene en claro –como el divorcio escandaloso del Gobierno con el Grupo Clarín– la razón por la cual un día Cristina y Hugo dejaron de saludarse, se enojaron y empezaron a maquinar intrigas para hacerse daño. Casi en paralelo a la libertad de Moyano se reveló sin remilgos el propósito manifiesto del kirchnerismo por erradicar a Daniel Scioli de su cargo. Como si el ADN oficialista-peronista impidiera convivir a amigos con aliados, dominando la codicia por mantenerse y sucederse a sí mismos.

De ir preso por adulterar medicamentos, hace unos meses, Moyano pasó a convertirse hoy –orgullosamente– en eventual detenido político. Una suerte de Mandela o Walesa. Es un cambio. Otro: hace unos meses parecía escriturado su desalojo de la CGT y el ascenso, en su lugar, de gremios postergados por la anterior gestión del matrimonio Kirchner. También se hablaba de imponer el cierre de paritarias con 18% de aumento. Se demoró Cristina, careció de política laboral, hoy nadie firma por menos del 24% y el jefe camionero reparte cargos en Azopardo como si ya hubiera sido reelegido (al tiempo que, a la intemperie, han quedado quienes pensaban reemplazarlo). Por entonces, el Gobierno le retiraba prebendas y fondos, Moyano carecía de una causa para protestar. Pero pasó el tiempo, siguió creciendo el costo de vida y se volvió apremiante la poda que ejerce el Estado sobre ciertos salarios con el impuesto a las ganancias (se come el aguinaldo, por ejemplo). Como también afecta las asignaciones familiares, el dirigente encontró la razón para su queja, extensiva al resto de las organizaciones: ésa será la pantalla que presidirá el acto de este miércoles.

El Gobierno ni siquiera explotó contradicciones internas (la del padre con sus hijos, el inflamado Pablo y el más oficialista Facundo), apenas si tentó al amarillismo de siempre en la actividad, comenzando con Omar Viviani (Taxis). No alcanzó. Menos las peripecias circenses de Julio De Vido, el “amigo de los amigos” que nunca es amigo de nadie, la domesticada ausencia de Carlos Tomada y, ahora, la irrupción del teniente coronel Berni con voluntad de convertirse en general –extraño proceso porque está de licencia desde hace nueve años– que ensaya operaciones guerrilleras de distracción para sacar de una planta seis o siete camiones de combustible. Al mismo tiempo, discurre en público denunciando –más bien hay que interpretar su enrevesado idioma castrense– que Moyano y las empresas del transporte son lo mismo, comparten un único interés, le pertenecen. Como si nadie supiera que ese imperio fue alentado e incentivado por la familia Kirchner. ¿O acaso imagina este soldado desconocido que, sin una fuerte presión de la Casa Rosada, los empresarios Roggio, Romero y hasta Franco Macri hubieran aceptado como socios en el Belgrano Cargas a los sindicalistas Moyano y Pedraza? Más ejemplos: habrá algún ingenuo que desconozca la penetración del líder camionero en YPF en el vital rubro transporte, sobre todo a partir de la llegada de la familia Eskenazi y su expertise en mercados regulados, acceso que naturalmente facilitó el oficialismo. Casi candoroso el médico y militar amigo de Alicia Kirchner, enemigo de Nilda Garré, que hasta ignora el primer conflicto entre Moyano y Néstor, apenas éste asumido, cuando el santacruceño cambió el destino de los subsidios a las empresas beneficiando a compañías cuya existencia hasta el gremialista ignoraba. No duró ese ejercicio: Moyano hizo sentir su voz y, además, quiso cobrar lo que había empeñado durante la campaña.

En suma, un Gobierno víctima de sus propias torpezas ahora ni parpadea por el temor que infunde el acto del miércoles de Camioneros y CGT en Plaza de Mayo, ya que la movilización de multitudes es lo que más le preocupa (así lo confiesa Moyano, quien conoce mejor que nadie la alfombra roja K). Una manifestación inútil, una pérdida de tiempo, ya que tarde o temprano el Gobierno modificará el mínimo no imponible. Claro que si Cristina lo hiciera este fin de semana se sentiría vencida por las hordas gremiales, herido su orgullo, maltratado su ego. De ahí que antes busquen un correctivo a Moyano, un sosegate a los sindicatos, un pájaro en la galera. Demasiados pájaros.

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