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Editoriales, Nacionales

El regreso del diario de Yrigoyen por Héctor D´Amico

Poco importa a estas alturas si la historia existió o es la versión enriquecida de un rumor que, en su momento, echó a rodar la oposición. Al igual que el mito o el arquetipo -Macbeth, Ulises y hasta el rey Lear-, el diario de Yrigoyen encierra verdades que perduran en el tiempo y ayudan a comprender ciertas actitudes humanas. En este caso, vicios que la política insiste en repetir.

El diario nos recuerda lo difícil que resulta para un gobierno en apuros la estrategia de manipular la realidad para mantener el favor de la opinión pública.

La forma en que el kirchnerismo intervino primero y transformó después, en tiempo récord, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) en un agujero negro es el resultado de haber cedido a esa tentación.

En cuestión de meses, lo que había sido un organismo respetado del Estado, regido por la aplicación objetiva de las estadísticas como una rama de las matemáticas, terminó en una suerte de laboratorio de economía vudú.

La comparación de dos escenarios diferentes, separados apenas por 15 meses, muestra la gravedad y el vértigo de lo que ha ocurrido. El primero corresponde a la intervención del organismo, ordenada por Néstor Kirchner en enero de 2007 y llevada a la práctica por gente de la más absoluta confianza del secretario de Comercio, Guillermo Moreno: en ese momento, el índice de inflación del Indec coincidía con el de los principales estudios económicos del país. La segunda imagen, que fue difundida la semana pasada, muestra que la tasa acumulada del Indec entre octubre de 2006 y diciembre de 2008 fue treinta puntos inferior al promedio de las consultoras privadas, aceptado este último como la inflación real de la Argentina.

En pocos meses, el Indec de Guillermo Moreno llevó del asombro al escepticismo, y luego a la irritación, a consumidores, comerciantes, productores, inquilinos, tenedores de bonos, empresarios y cientos de miles de familias que a diario comprueban en las góndolas el divorcio cotidiano entre las cifras oficiales y el precio que pagan por los productos.

Nunca antes tan pocos funcionarios habían dañado tanto las estadísticas económicas.

Cada caso de manipulación que se hace público siembra más desconcierto. Por ejemplo, la relación entre el costo de vida oficial y el costo de vida real, que durante meses fue de casi tres a uno. O los retoques al índice de precios al consumidor (IPC), que no sólo hacen desaparecer a voluntad a millones de pobres e indigentes de los registros oficiales, sino que, además, desvalorizan el ajuste de los bonos atados al índice del CER, a la vez que valorizan los cupones ligados a la evolución del producto bruto interno (PBI).

Debido a la sobrestimación del crecimiento de la economía, la República Argentina pagó el año pasado unos cien millones de dólares más a los cupones atados al producto bruto interno.

Para no abrazarse a los índices tóxicos, la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) dejó de responder a cinco variables fundamentales utilizadas para revelar las expectativas de mercado. Lo hizo al comprobar que esas variables estaban siendo distorsionadas por el efecto Indec.

Esas variables son el índice de precios al consumidor, el estimador mensual de la industria, el estimador mensual de la actividad económica, el PBI y sus componentes, y la tasa de desempleo.

Una de las ironías de dañar el termómetro es que el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, al no ofrecer cifras confiables de la economía, termina acercando cada vez más clientes a las consultoras del sector privado.

En este panorama de confusión administrada, es entendible que alguien como Víctor Becker, ex director nacional de estadísticas económicas del propio Indec, haya bautizado al actual índice de precios al consumidor como “índice de precios dibujados”. Tan entendible como el hecho de que nadie del Gobierno le haya salido al cruce.

La metodología de Moreno, que es la de Néstor Kirchner, no tiene en este momento más apoyo que el empecinamiento y el caudal de poder que todavía conserva el ex presidente. Hasta el oficialismo mira para otro lado cuando sale a la luz el tema, o hace algo incluso más extraño: toma distancia de Moreno y critica en público su actuación como comisario general de precios.

Daniel Scioli afirmó ante los micrófonos que los datos del Indec son “hilarantes”. Agustín Rossi habló de “la necesidad imperiosa de inyectarles una dosis de credibilidad”. Un senador oficialista que mantiene contacto frecuente con la Presidenta habla en voz baja de “mamarracho”.

La defensa contra viento y marea de la intervención del organismo que hizo en su momento Alberto Fernández, a la luz de lo ocurrido, suena más como un compromiso de lealtad, un cheque en blanco, que como un argumento.

“Nos dimos cuenta -explicó en enero de 2007 el jefe de gabinete- de que el Indec no medía la realidad de los consumidores, porque se estaban incluyendo los precios de las rosas ecuatorianas, los viajes de turistas a Miami y a Cancún y el servicio doméstico.”

Como ningún gobierno lava la ropa sucia en plena campaña electoral, es difícil pronosticar un cambio de rumbo antes del 28 de junio, día de las elecciones legislativas. Es demasiado tarde y a la vez demasiado temprano para que Moreno -un funcionario que, según Martín Lousteau, “desprecia los últimos doscientos años de la historia de Occidente”- haga otra cosa que la que le ordenaron y en la que, además, cree.

Tres ex funcionarios del Indec y otros dos todavía en actividad, aunque relevados de sus funciones, confirmaron a LA NACION el clima de intolerancia, espionaje y persecución que impera en el organismo. También enumeraron las represalias contra técnicos y funcionarios de carrera por no aceptar los cambios de procedimientos en la medición de la inflación. Ese fue Fue el caso de Graciela Bevacqua, directora del IPC, cuyo alejamiento desató una de las tantas crisis internas que llegaron a los diarios.

También recordaron la verdadera dimensión del problema al precisar que, sin un índice de precios al consumidor confiable, no hay posibilidad de calcular, entre otros índices, la indigencia, la pobreza, las jubilaciones o el PBI. Tampoco, la actualización de los alquileres y las encuestas sobre ventas en shoppings y supermercados.

El relato de uno de los funcionarios apartados acerca de lo que en la jerga interna del Indec llaman “proceso de sustitución” merece un párrafo aparte. El mecanismo es simple. Consiste en alternar en una misma lista productos cuyos precios fueron relevados en los comercios con otros que aporta la gente del secretario Moreno y que tienen precios previamente acordados con determinadas empresas.

“Todo esto no hace más que agregar confusión -protesta-; imagine un avión de pasajeros en emergencia en el que las azafatas empiezan a dar instrucciones en chino.”

A diferencia del diario de Hipólito Yrigoyen, imaginado como la confabulación de unos pocos para un lector único y que cobraba vida sólo en la privacidad del despacho presidencial, el Indec que ha construido Moreno terminó ejerciendo una política de Estado impuesta a toda una sociedad para beneficio del poder de turno.

De hecho, es la fuente de información a la que recurre la Presidenta cada vez que convalida en público los logros de su gestión.

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